sábado, 25 de octubre de 2014

La muerte los separa

Con la discusión sobre la eutanasia, nuevamente en la mesa, siete médicos cuentan qué piensan sobre el buen y el mal morir, las experiencias en torno al fin de la vida y sus propias posturas en la discusión sobre la despenalización del suicidio asistido. Una de las conclusiones es que los médicos se están preguntando hasta dónde pueden y deben intervenir para alargar la vida de los pacientes sin caer en el "ensañamiento terapéutico". Mientras algunos, puestos en situaciones límites, pedirían para sí mismos la eutanasia, hay otros que la practicarían ni siquiera si fuera legal.

Por Tania Opazo y José Miguel Jaque

Víctor Hugo Carrasco, médico del Servicio de Geriatría del Hospital Clínico de la Universidad de Chile: “No quisiera que mis hijos me muden”

A mí me gustaría morir antes de que llegue la postración y dependencia física o mental. Me encantaría ir a presentarme al cementerio y decir: “Señores, mi nombre es Víctor Hugo Carrasco y hoy día me toca morir, ¿dónde tengo que acostarme?”.

No quiero que otro tenga que esforzarse en extremo para que yo viva si no hay posibilidades de recuperarme. En mi profesión me toca ver personas que viven más allá de lo que la propia naturaleza, que muchos llamarán Dios, tiene programado. La ciencia y la tecnología han avanzado tanto que a veces confundimos el objetivo y, en vez de ayudar, creemos que tenemos que luchar a todo evento contra un enemigo que se llama muerte. Pero la muerte no es un enemigo, es una certeza absoluta.

En muchos casos los médicos alargan innecesariamente la agonía, a veces limitados por la propia ley, que nos impide respetar la decisión de un paciente. La Ley de Derechos y Deberes de los Pacientes dice que nada se puede hacer sin la autorización del paciente, siempre y cuando no arriesgue su vida. Me parece un contrasentido. No es un derecho si no está la capacidad de decidir sobre lo que quiero que pase con mi cuerpo en condiciones de enfermedad.

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sábado, 18 de octubre de 2014

La pelea por el área verde

No se parecen a las organizaciones ecologistas tradicionales ni apoyan grandes causas. Son pequeños grupos de vecinos en distintas comunas que se han unido para defender espacios naturales o recuperar terrenos baldíos. No es sólo una pose, y hay algunos que están dispuestos incluso a tomarse sitios privados o públicos con tal de cumplir el sueño del metro cuadrado a la vista.

Por Tania Opazo y José Miguel Jaque

El viernes 10 de octubre la Red Ambiental que agrupa a organizaciones sociales de varias comunas de la Región Metropolitana celebró su aniversario. Eligieron como escenario el ex vertedero Lo Errázuriz, en Estación Central, un terreno de 40 hectáreas al que por casi 30 años llegaba la basura de otras 21 comunas.

La anfitriona, María Cruz Contreras, es una mujer de armas tomar. Llegó a esa zona a los 17 años desde Padre Las Casas, en la Novena Región, durante la década de los 60. En ese momento recién se estaban loteando los terrenos. Levantó su casa con lo que había y el vertedero -donde antes habían pozos de ripio- era como el patio de su casa. En los 80 el lugar se convirtió en un centro de escombros y, más tarde, de promesas: un desfile de autoridades anunció que sería el gran pulmón verde de la Región Metropolitana. Hasta que María y los vecinos se cansaron de esperar que eso se cumpliera y desde mediados de los 90 paulatinamente empezaron a tomarse 10 de las 30 héctareas que hoy pertenecen al Gobierno regional para convertirlas en un parque que tiene pasto, jardineras, un vivero, árboles, una pista de bicicross de césped y una huerta. Un lujo, pero que no cuenta con permisos sanitarios ni se sabe si es seguro para la salud de las personas, dado que alojaba un basural.

“El terreno no es mío, pero todo lo que está ahí lo plantamos los vecinos. ¿Si tenemos permiso? Y quién me tiene que dar permiso para plantar un árbol...”, alega María, quien, además, bautizó el lugar con el nombre que tenía siglos atrás: bosque Chuchunco.

La Red Ambiental es una de las agrupaciones que pelean por acceder o proteger áreas verdes en la zona urbana de Santiago. Un fenómeno que tuvo uno de sus primeros capítulos públicos hace cerca de 15 años, cuando los vecinos del Parque Intercomunal de La Reina se agruparon para impedir la instalación de locales comerciales y la continuación de la calle Vicente Pérez Rosales que hoy lo cruza. Eran otros tiempos, cuenta Elizabeth Armstrong, ex concejala de La Reina y una de las fundadoras del Comité de Defensa del Parque Intercomunal, creado en 1997. El correo electrónico no era masivo, no había Facebook para difundir ni WhatsApp para coordinarse. “Nos llamábamos al teléfono de la casa nomás”, dice. “Contactarse y acceder a la información era muy difícil. De repente se modificaban los planos reguladores y nadie se enteraba. La sociedad civil no estaba tan empoderada como ahora”, agrega.

Desde entonces este tipo de agrupaciones han crecido. Es difícil decir cuántas porque varias no están constituidas legalmente ni son una organización. Algunas son simplemente vecinos coordinados, aunque otras para legitimarse han tramitado la personalidad jurídica. Forman parte del movimiento que en inglés se llama Not In My Back Yard (No en mi patio trasero): no son grandes organizaciones -como Greenpeace- y no defienden grandes causas -como la lucha contra el calentamiento global-, pero conocen reglamentos, leyes y llegan hasta la autoridad. Una señal de desarrollo, dice Pablo Allard, Decano de la Facultad de Arquitectura y Arte de la U. del Desarollo y Máster en Diseño Urbano de la U. de Harvard: “Los ciudadanos no se están preocupando sólo de lo que pasa de la reja hacia adentro de sus viviendas, sino hacia afuera y de que la calidad de vida también tiene que ver con el espacio que compartimos”.

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sábado, 11 de octubre de 2014

Chile con argumentos

Actualmente hay al menos siete torneos escolares de debate. Participar en ellos vuelve a los estudiantes más críticos y capaces de encontrarle un ?pero? a todo. Por eso, dicen que si queremos una sociedad más reflexiva y capaz de llegar a acuerdos, los políticos deberían tomar, al menos, un buen curso de argumentación.

Por Tania Opazo 

Las alumnas del Liceo 1 entran al salón. Sus oponentes, estudiantes del Colegio Monjas Inglesas, tararean la marcha imperial desde el otro rincón de la sala y se ríen. Tienen claro que se enfrentarán a uno de los equipos más preparados del torneo. Las chicas del Javiera Carrera son de armas tomar.

"¿El proyecto de aborto terapéutico del gobierno actual pone en riesgo el derecho a la vida del que está por nacer?"

- Sí -dice una alumna de las Monjas Inglesas-. El artículo 19 de la Constitución asegura el derecho a la vida de todas las personas y protege la vida del que está por nacer.
- Pero el artículo primero dice que las personas nacen libres e iguales en dignidad y derecho. Entonces, el que no ha nacido no tiene derechos -responde otra alumna el Liceo 1.

El jurado toma apuntes y escucha para determinar qué equipo ganará el punto.

El placer de discutir 

Hoy en Chile se realizan al menos siete torneos de debate escolares. La mayoría son organizados por universidades, como la Diego Portales (UDP), Andrés Bello (UNAB) y Del Desarrollo (UDD), quienes invitan a estudiantes de enseñanza media, en su mayoría de colegios de Santiago, a practicar el antiguo arte de la argumentación. "Un debate escolar o académico puede ser visto como una suerte de laboratorio argumentativo", afirma Cristóbal Joannon, profesor del Instituto de Argumentación, perteneciente a la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

Hay tantos modelos de debate como agrupaciones de este tipo hay en el mundo. Algunos ponen énfasis en la retórica, es decir en la oratoria para persuadir al jurado, mientras que otros se enfocan en la exposición de fuentes y evidencias. Además del debate tradicional, donde dos equipos se enfrentan con un determinado tema ante un grupo que los evalúa, también existen modelos que imitan formas parlamentarias, como el "Delibera" del Congreso Nacional y el torneo de la UDD, mientras que otros utilizan modelos de litigación o el de la Asamblea General de la OEA. También los hay temáticos: científicos, como el que organiza Conicyt; filosóficos, en la Universidad de Valparaíso, y hasta en inglés, como el debate realizado por el Mineduc en su programa "Inglés abre puertas".

En general a estos torneos llegan alrededor de 20 equipos (colegios), es decir al menos 100 estudiantes en cada uno, aunque muchas caras se repiten entre las distintas competencias. Además, en muchos equipos predominan las mujeres. Hay colegios particulares como el Grange, Santiago College y el Nido de Águilas que tienen una fuerte presencia, al igual que liceos emblemáticos como el Instituto Nacional, el Liceo 1 y el Lastarria. También hay particulares subvencionados, pero son menos, y en ocasiones colegios que viajan desde regiones como el Coya, de Machalí.

Los participantes valoran esa diversidad, aunque a veces es casi un choque cultural: las alumnas del Liceo 1, por ejemplo, recuerdan nítidamente su primera visita al Nido de Águilas, uno de los colegios más caros del país: "¡El premio de su kermés era un viaje a Estados Unidos!", cuentan riéndose. Sin embargo, en el torneo todos se ponen nerviosos y se equivocan, y allí aprenden a conocerse y respetarse. "Debatir con alumnos de diferentes estatus socioeconómico que el nuestro, y muchas veces ganarles, nos hace pensar que la plata o de dónde vengo no lo es todo", dice Maciel Cuevas, del Liceo 1.

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