sábado, 27 de septiembre de 2014

Mindful eating: Comer con atención

No es una dieta sino que la práctica del mindfulness o atención plena llevada a la forma en que comemos. El objetivo es que las personas se hagan más conscientes de lo que se echan a la boca, para así combatir la ansiedad y sentirse mejor. Suena fácil, pero no lo es.

Por Tania Opazo 

“Tome la mandarina y explórela con sus cinco sentidos. Primero con la vista, revise sus colores, su brillo, su forma. Tóquela y sienta la textura, temperatura y peso. Antes de llevarla a su boca, sienta su aroma y luego mastíquela dándose el tiempo para explorar los sabores. Mastique conscientemente y tómese su tiempo, no se la trague inmediatamente, no ceda a su tendencia automática. Finalmente, reflexione y reconozca cómo su cuerpo reacciona a este ejercicio. ¿Estaba rica? ¿Siente hambre?”.

Este ejercicio, realizado por la psicóloga Bárbara Porter en la primera sesión de su taller de mindfulness, es una pequeña muestra de lo que pretende el llamado mindful eating. El mindfulness o atención plena, es la actitud y práctica de llevar la atención al momento presente y comenzó a popularizarse en occidente hace ya 35 años de la mano del doctor Jon Kabat-Zinn y su programa de reducción de estrés (Mindfulness-Based Stress Reduction - MBSR), que se dicta en Escuela de Medicina de la Universidad de Massachusetts. En los últimos 10 años los interesados en esa práctica han aumentado vertiginosamente, y en Chile desde 2010 han aparecido varios programas de este tipo, al mismo tiempo que en los medios se habla cada vez con más frecuencia de esta técnica.

El PhD en psicología de la Universidad de Boloña Ricardo Pulido es director de la Unidad Mindfulness de la Universidad Alberto Hurtado y realizó uno de los programas de la Universidad de Massachusetts. Él explica que esta práctica toma uno de los elementos esenciales del budismo, la meditación, y la utiliza como herramienta terapéutica y ya no espiritual-trascendental. “En la práctica del mindfulness detenemos el ritmo de la mente, que siempre está aceleradísima y dispersa, para focalizarla en las cosas que son importantes”, dice Pulido.

El efecto de esa mente acelerada y estimulada se nota en muchos aspectos de la vida, incluso la forma en que comemos. Muchas veces lo hacemos sin tomar conciencia; las personas no alcanzan a darse cuenta en qué minuto se terminaron el plato de torta o sienten que comieron más de lo que querían y necesitaban. Es este estilo de actuar, donde pareciera que la vida nos lleva, más que nosotros transitar por ella, es lo que el mindfulness quiere cambiar, también en la alimentación, y para eso existe el mindful eating.

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sábado, 20 de septiembre de 2014

El (no tan) nuevo lenguaje chileno

Que nos comemos las letras, que nos cuesta decir las cosas directamente y que somos expertos en inventar palabras son algunas de las cosas que se dicen de la forma en que hablamos. Unas más verdad que otras, sepa que usted se expresa estupendamente y que, como el lenguaje está en permanente cambio, quizás lo que hoy cree decir bien, mañana puede sonar mal.

Por Tania Opazo y José Miguel Jaque

En junio del año pasado y en plena campaña presidencial, la actual Presidenta de la República estrenó su spot radial. Ahí se le escuchó decir “soy Mishelle Bashelet [sic]” con una pronunciación poco natural (para lo que estamos acostumbrados a escuchar), a lo que las redes sociales reaccionaron de inmediato. “¿Por qué ahora en su anuncio radial Michelle Bachelet se refiere a sí misma como “Mishelle Bashelet”?, decía un tuitero descolocado. La entonces candidata reconoció que le salió “siútico”. “La gente me dice Michelle no más”, agregó.

Pero la verdad es que hoy la mayoría de la gente dice algo como “Mitchelle Batchelet”, lo que en fonética, la ciencia que se dedica a estudiar los sonidos del lenguaje, se llama “fonema africado”. ¿Le suena Tshile y Tshicureo? Si usted tiene educación superior y vive en una ciudad grande, lo más probable es que pronuncie así, porque hoy es esta la variante de prestigio en nuestro país, la que hace parecer más poderosa y educada a la gente, mientras que “Shile” tradicionalmente ha sido asumido como una forma más propia de los estratos más populares (¿recuerda el laboratorio de idiomas del Instituto Aplaplac que aparecía en el programa Plan Z donde se practicaba con ahínco la palabra “otcho”? Búsquelo en YouTube).

Pero como nada es tan sencillo, arrastrar con fuerza la “ch” también pueda ser, como se excusó la presidenta, algo “siútico”.

Tal como demuestra el hecho de que mucha gente reaccionara a la manera en que la candidata pronunciaba su propio nombre, la forma en que se habla en este país no es nada de irrelevante. “Abrir la boca en Chile equivale a entregarle tu ficha Casen al interlocutor”, explica Scott Sadowsky, lingüista norteamericano y académico de la Universidad de La Frontera. Por eso, a veces sin pensarlo, tratamos de pronunciar las palabras de cierta forma y ocupar unas por sobre otras. “Tengo grabaciones de mujeres rurales de estrato socioeconómico E (el más bajo) que usan esta ‘tch’ cuica. Muy posiblemente será la única pronunciación que quede en Chile dentro de dos o tres generaciones”, agrega.

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sábado, 13 de septiembre de 2014

Abrir los ojos

Perdió la visión por completo cuando egresaba de la universidad, pero la abogada María Soledad Cisternas dice que hoy “ve todo” con más claridad. A 41 años del golpe de Estado, la Premio Nacional de Derechos Humanos 2014 pone sobre la mesa los temas de discapacidad e inclusión que Chile debe enfrentar hacia el futuro. Los otros derechos humanos, no tan nuevos, pero desplazados por largo tiempo.

Por Tania Opazo


María Soledad Cisternas golpea la mesa de su escritorio y se niega a decir su edad, tajantemente. “Hace mucho tiempo que no contesto esa pregunta. Toda persona tiene derecho a la reserva y confidencialidad de su información”, afirma.

No siempre fue tan segura y decidida. A principios de los 80, cuando estudiaba en el exigente, masculino y conservador ambiente de la Facultad de Derecho en la Universidad Católica, tuvo que enfrentarse a un diagnóstico de retinitis pigmentosa que predecía que el progresivo problema de visión que acarreaba desde los 14 años terminaría por dejarla ciega.

Su campo visual se fue haciendo cada vez más pequeño y borroso. Leía con una regla las incontables fotocopias, que trataba de sacar con el mayor contraste posible, para diferenciar las letras. Se replegó. No le contó a nadie, y sus compañeros y profesores sólo se enteraron de que no veía nada años después, cuando la vieron llegar con bastón a las reuniones de ex alumnos. “Terminé Derecho disimulando de una forma espantosa. Yo misma me discriminaba. Sentía que si no veía era una señal de debilidad y no quería aceptarlo”.

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