sábado, 22 de marzo de 2014

Viajar sin internet

A 25 años de la World Wide Web, el mundo de los viajes ha cambiado dramáticamente. Desde cotizar pasajes aéreos en línea a escoger hoteles por comentarios de otros viajeros, la internet ha aumentado nuestras opciones. ¿Cómo era viajar antes de tener todo a un clic de distancia?

Por Tania Opazo

EL VERANO de 1964, un joven cronista de viajes llamado Luis Alberto Ganderats emprendió su primer viaje, una navegación de cuatro días al archipiélago Juan Fernández. “Un suplicio que me habría ahorrado si hubiese sabido lo que significaba hacerlo en una goleta que transportaba langostas de olor insoportable y que saltaba día y noche. ¡Quería devolverme nadando! Si hubiese existido internet, me habría orientado a otras maneras de llegar a esas islas”, confiesa hoy el experimentado periodista de viajes.

Cuando Tim Berners-Lee diseñó la “Red informática mundial” que ahora llamamos sólo “la web”, tal vez no imaginó cómo esta revolucionaría la sociedad, y menos, el mercado del turismo. Hoy, frente a una cantidad casi infinita de datos sobre destinos, alojamientos, movilización, restaurantes y muchísimos otros servicios relacionados con el mundo de los viajes, la oferta y la competencia, crecen permanentemente. A su vez, los viajeros están cada vez más informados y exigentes.

Pero mucho antes que la web existiera, Magdalena Claro, gerenta de ventas en Cocha, ya atendía a los escasos chilenos que viajaban fuera. Con 56 años en el turismo, ella recuerda bien esos primeros años de la agencia, en calle Agustinas, y las enormes diferencias con el trabajo que hace actualmente: “Tú venías y me decías ‘quiero ir a París’. Entonces, yo tenía que llamar a Air France por teléfono y decirles que necesitaba tal espacio en tal fecha. Air France enviaba un télex a Francia con la información y, si todo salía bien, al día siguiente teníamos la confirmación del vuelo”.

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sábado, 15 de marzo de 2014

Runners en tour

Cada vez más corredores nacionales invierten dinero para competir en maratones alrededor del mundo e, incluso, contratan running tours para sólo conocer un nuevo lugar al ritmo de un buen trote. Es su combinación perfecta: deporte y turismo. Una tendencia mundial que ha alcanzado a nuestra versión local, la Maratón de Santiago, a realizarse a principios de abril. 

Por Tania Opazo / Ilustración: Marcelo Escobar

Luisa Rivas lleva corriendo más de 20 años. Ha corrido en Nueva York, Chicago, Berlín, Londres, Rosario, entre otras ciudades del mundo, y ha ganado cuatro medallas de oro en campeonatos mundiales. Sin embargo, una de las corridas que recuerda con más cariño es la que hizo con su pareja en 2013 en Monza, Italia. “Partíamos desde el autódromo donde se compite la Fórmula Uno y luego te metías en unos bosques antiguos... hermoso, una increíble experiencia”.

Aunque para muchos esto de cruzar en avión a otro continente y embarcarse en la ardua tarea de correr 21, 42 o, incluso, más kilómetros en las ultramaratones parezca una completa locura, las cifras comprueban que los “runners-viajeros” ya no son bichos raros. El boom del running ha golpeado con fuerza las puertas del mercado turístico, y si hace pocos años con suerte un puñado de personas salía del país para correr una maratón, hoy son cientos los que reservan con casi un año de anticipación su cupo a las más populares del mundo.

Hace 16 años, cuando Ana Luisa Molina, de la agencia de viajes Mundo Tours, comenzó a dedicarse exclusivamente a reservar viajes para maratones, vendía 50 cupos para la maratón de Nueva York. Este año tiene 150 cupos y apenas le quedan unos pocos: “Londres ya está todo vendido, lo vendí en media mañana. Berlín lo vendí el año pasado. Para Chicago y Nueva York aún queda algo”, concluye. Con su basta experiencia, tiene claro el perfil de este corredor: son profesionales, tienen entre 22 años y hasta 80, con cierto nivel de presupuesto para viajar. La mayoría hombres, alrededor de un 70%, pero con las mujeres en aumento.

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sábado, 8 de marzo de 2014

Los punkies académicos

Así denominó el escritor Álvaro Bisama a la dupla formada por el filósofo Remis Ramos y el lingüista Ricardo Martínez, creadores de Tercera Cultura. Un movimiento que, al alero de un podcast, mezcló las ciencias, las humanidades y la cultura popular. Ahora, si la gente lo quiere, podría transformarse en un libro. 

Por Tania Opazo

EN 2009, cuando el filósofo Remis Ramos (34) y el lingüista Ricardo Martínez (44) cursaban un Magíster en Estudios Cognitivos en la Universidad de Chile, se lanzaron al popular mundo de los podcasts. El par de académicos humanistas decidió que en su programa radial transmitido por internet iban a hablar de... ¿ciencia?

Sí. Tercera Cultura, el podcast, blog y hoy web show de divulgación de ciencia cognitiva que hacen desde entonces, les ha valido el calificativo de “punkies académicos” (acuñado por el escritor Álvaro Bisama en el artículo “Freak City”, publicado en la Revista UDP) y un pequeño, pero fiel, grupo de seguidores que lee y escucha atento sus análisis, que van desde densos estudios científicos a temas de cultura popular, como música, televisión y videojuegos.

Según cuentan, mientras existió el sitio Podcaster siempre se mantuvieron entre los 10 más escuchados, lo que para ellos confirma el creciente interés que hay por aprender de estos temas. Por eso su último proyecto es publicar un libro que resuma lo que han hecho estos años, con un renovado enfoque. Para financiarlo no golpearon la puerta de editoriales, sino que, como todo lo que han hecho hasta ahora, quisieron hacerlo por internet a través de la página de crowdfunding o financiamiento colectivo Idea.me, a través de la cual buscan donaciones de sus seguidores para financiar Tercera Cultura: THE LIBRO. Acá lo convencerán de por qué debe comprarlo.

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sábado, 1 de marzo de 2014

Carnaval en Brasil: la fiesta de la calle

Mientras la TV por estos días nos llena de imágenes de los sambódromos de Río de Janeiro y São Paulo, afuera y mucho más allá de las ciudades principales el Carnaval se vive y celebra en las calles, veredas, parques y playas. Porque en Brasil no hay que ver el Carnaval, hay que ser parte de él.

Por Tania Opazo y Alexis de Ponson

ERANI ROCHA, quien trabaja como guía turística en Recife, se instala en uno de los quioscos que se ubican en la costanera de la cuidad, frente a la playa. Nos invita a un agua de coco mientras ella mira cómo baja la marea y, aunque es de noche, la gente aprovecha las piscinas naturales que se forman y se baña. Luego indica a Zoila, una fea muñeca de cerámica que está en la barra, y dice: “Mira, Zoila nos da de beber”. Acto seguido, pone un vaso debajo de la muñeca, que empieza a lanzar cachaza como si estuviera “haciendo pipí”. “¡Zoila nos da caipiriña!”, agrega Erani riendo.


Para los chilenos, medios empaquetados y desconfiados, el brasileño es un espécimen raro y envidiable. ¿Es posible estar siempre, o casi siempre, contento? Erani dice que sí, que esa es la quintaesencia del brasileño. ¿Pero no es sólo ahora porque están en Carnaval? No, explica seria ella. El Carnaval es para celebrar esa alegría, para dar gracias por esa felicidad, y no al revés. En resumen, el Carnaval sería una apología a la alegría de Brasil. Una que, cuando estás dentro, te absorbe rápidamente.

Dado que tiene un fuerte trasfondo religioso, entre el alcohol, el baile, los besos y muchas otras cosas, en esta fiesta se le da gracias a Dios por todo lo bueno, antes de comenzar el período de abstención y recogimiento que significan los 40 días de Cuaresma.

Antes de eso, todo es desenfreno. No sólo en Río de Janeiro o São Paulo. El Carnaval se celebra en todo Brasil con igual intensidad, aunque en distinto tono.

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