jueves, 19 de mayo de 2011

De cómo Angry Birds me curó

Supe que este viernes viene a una charla de Nokia el tipo que inventó Angry Birds. Por eso, para honrar su presencia, quiero decirle: “gracias, te pasaste”.

Hace un mes estuve estresada, deprimida y todas esas cosas que le dan a la gente porque sólo trabajan, no tienen vida y lo pasan mal. Me prohibieron interacción virtual (facebook, twitter, mail), ya que la idea era “desconectarse”. Entonces, luego de ver muchos episodios de Dawson’s Creek (placer culpable), jugar con mi perro y limpiar baños por orden de mi madre, me sentí vacía.

Y empecé a jugar Angry Birds. Luego de una larga negociación para tener acceso a mi iPhone, claro está. Como en todos los videojuegos, soy bien mala. Pero solidarizaba, y solidarizo, con la causa: recuperar los huevos de los pájaros. No podía entender porqué los chanchos querían los huevos (luego recordé que son omnívoros y, claro, se los querían comer).

Así que me enfrasqué en el juego, haciendo mi mayor esfuerzo, canalizando todas mis frustraciones en matar chanchos con la honda. En ese contexto desarrollé una teoría respecto a los pájaros, y qué significaba cada uno.
El ocio.

Creé una ficción en torno a ellos, y aunque no llevo mucho avanzado, alcancé a perfilar algunas personalidades:


El rojo es un pájaro promedio. De un tamaño normal (asumiendo que son todos redonditos), sus golpes destruyen la madera, que es el primer material que protege a los chanchos. No es nada del otro mundo. Seguro es el carpintero de la familia, se dedica a construir nidos y con eso se gana la vida. Tampoco es mediocre, es solo común y corriente. Normal. Aburrido.

El amarillo también rompe la madera, pero es más efectivo, porque cuando lo tocas se dispara a toda velocidad y golpea con más fuerza los bloques. Probablemente este pájaro tuvo en su infancia déficit atencional y problemas de hiperactividad. Entonces necesita un empujoncito para hacer bien la pega, por esto de precipitarse a las cosas, digo yo. Teorizo que ahora es, además, eyaculador precoz.

El azulito. Chiquitito, uno pensaría que casi inútil. Pero cuando uno lo toca se divide en tres y rompe los cubos de vidrio, lo que no hacen los otros. Este tiene trastorno de personalidad múltiple, claro está. Probablemente, siendo el “conchito” de la familia, nunca se desarrolló mucho (será por esa tontera que dicen, que al hijo menor ya lo hacen con menos energía – sin ánimo de ofender a nadie). Quizás los otros pajaritos que salen de él son proyecciones, amigos imaginarios que tuvo que crear para no estar tan solo dada su triste infancia.

El negro. No hace falta decir que está “pasadito de peso” y que tiene problemas de ira. Eso es lo más bacán de él. Este lo lanzas y cuando tu lo tocas, o al caer, explota y eso lo hace muy útil. Quizás se sentía ignorado por sus papás, o quizás tuvo que asumir un rol paterno-mandón por ser el hermano mayor.

El rojo gigante. ¡¡¡Este sí que es grande!!! Y su peso, su Obesidad, ¿mórbida?, le otorga una capacidad muy destructiva que no tienen los otros. Imagino que debe ser muy pajero y denso, probablemente pasa viendo películas y leyendo. Además debe ser antisocial. Tiene cara de “no me weveen”.

Sé que hay un águila, pero no podía pagarla. Sé también que hay otros pájaros pero aun no tengo el placer de conocerlos. Imaginarme todo eso, enchucharme con los chanchos, que cada vez que uno pierde se sonríen los malditos… de verdad fue terapéutico. Me permitió reírme de mi condición, tan loser, tan inútil. Ahora cuando me siento mal escucho en mi cabeza la risa de los chanchos y, sólo por pica, opto por animarme.

Cada uno se ilumina y se cura con cosas diferentes. Para mí romper cubos, paredes y otras tonteras con pájaros fue lo mejor. Simple, entrete y, como ya muchos saben, adictivo. Tanto que, creo, a veces salen de mi boca ruiditos de Angry Birds. Y qué tanto, ¡algunas se creen gatos! Jeje.

Mi ringtone es ahora de Angry Birds, y aunque mis compañeros de trabajo dicen que parece música de duendes, yo sé mejor: Angry Birds es la mejor terapia de la vida.

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