domingo, 26 de septiembre de 2010

Chicas de TV: “Adiós al séptimo de línea”


Sólo un capítulo y la sabia clase-resumen de mi padre es todo lo que tengo para analizar “Adiós al séptimo de línea”. Francamente, la vi media obligada y se me hizo difícil seguirla con atención todo el rato. No sé si la serie es mala (de hecho creo que no, porque un par de personas me hicieron comentarios muy positivos), pero no me atrapó. Simplemente no.

En fin ¿Ya dije que mi primer acercamiento a “Adiós al séptimo de línea” es mi papá? Durante casi un año estuvo trabajando fuera de Santiago y venía a la casa los fines de semana. Siempre nos quedábamos con esa sensación de “pobrecito, allá sólo”, pero creo que, incluso con las dificultades domésticas obvias, él era feliz. Además mi mamá le mandaba sanguchitos con pollo asado el domingo, súper ricos.

En esa época un colega le prestó los libros. Sí, libroS. Por si no lo sabían, la novela original de Inostrosa es de CINCO tomos (En caso de que se hayan hecho fans de la serie y quieran leer la novela, consideren ese dato). Entonces, durante todo el año mi papá llegaba los fines de semana peinándola con el libro. (zzzzz…).

Por eso, para escribir esta columna él fue mi primera fuente. Me dejó en claro que Leonora, el personaje que hace Fernanda Urrejola, no es la protagonista de la novela, sino sólo un personaje más, aunque importante, sin duda, entre muchos otros protagónicos. Me dijo muuuuuuchas otras cosas más con las que por supuesto no les daré la lata.

Entonces me topo con una entrevista a Alex Bowen, director de la serie. Él explica que quisieron centrarse en la historia de amor, dejando la guerra sólo como un contexto de fondo. Por supuesto no le he contado esto a mi papá (pobre), pero algo me quedó claro: esta serie es un “Lo que el viento se llevó” a la chilena, pero con batallas. Y debo decir que bajo ese prisma Leonora hace una excelente Scarlett O’Hara.

Ya volveré a ese punto. Primero, un resumen de la premisa de la serie.

Cuento corto: Leonora es una joven que decide viajar a Antofagasta (que era de Bolivia en esa época) en busca de su novio, Alberto Cobo, con quien se va a casar. Las circunstancias hacen que ellos nunca se encuentren, y mientras él se enrola como soldado de infantería en la Guerra del Pacífico, ella termina siendo… ¡espía!

O bueno, digámoslo más estilosamente, como aparece en mi segunda fuente de información, Wikipedia: ella era “agente de informaciones del gobierno chileno”.

Sin duda un trabajo importante, y peligroso también. Queda claro a esa altura que una boda ya no es la prioridad de Leonora.

Ahí Leonora pasa a ser Elena y comienza a trabajar con Elcira (otra espía que será su empleada). Le hace ojitos al general peruano Juan Buendía y ¡chan!, tenemos línea directa con las decisiones del ejército peruano. Tal como lo dije en mi columna sobre Primera Dama, hay que tener un don especial para estas cosas.

Y ahí estaba yo sentada mirando a Elena (Leonora). Una mujer fuerte de carácter, a la que le gusta tener el sartén por el mango, enfrentada probablemente a la tarea más importante de su vida: contribuir a la victoria de Chile en la guerra. En ese instante, y con el novio quizás dónde, Leonora comienza a transformarse en la Scarlett O’Hara chilensis: vanidosa y mimada, funciona por sobre todo en base al ego.

La joven se aferra a su labor de espía, y cómo no, si la hace sentir importante, valiosa, atractiva, lo que sin duda es cierto. No por nada el general peruano se enamora locamente de ella. Así, mientras su amado pelea en las trincheras, esta mujer pelea la guerra a su manera, y es eso lo que finalmente le da sentido a todo.

Pero esto no es “Casablanca”. Leonora no sacrifica el amor por la guerra. Creo que cambia el amor a su novio por el amor propio. Incluso aunque quede la duda permanente de si ella termina enamorándose también del general peruano, eso no es lo realmente importante: ella se enamora de su personaje, de su poderío, de su espíritu de lucha. Eso es mucho mejor que cualquier hombre.

Entonces me impactaron dos escenas:

Primero, esa donde ambas mujeres, ya pilladas como espías, están esperando ejecución, y Leonora le dice su nombre real a Elcira. La mujer se ríe, porque claro, ¿qué importa en ese momento? Su reflexión es que ambas van a morir, y nunca nadie sabrá quienes fueron y qué hicieron. Entonces se abrazan y lloran, pero

Leonora nunca se defiende, nunca se consuela con la idea de que morirán peleando por la patria y etc. Creo que para ella eso sólo se valida en la medida que ella siga sintiéndose protagonista relevante y si muere, bueno, obvio que eso no puede ser más.

Segundo, la escena cuando la casi cuñada de Leonora, Clementina Cobo, decide enrolarse como enfermera en la guerra (una labor mucho más apropiada para una dama, sin duda). Me di cuenta que cuando su hermano Alberto se va ella le dice que “la guerra es para todos”. Yo pensé “¡WTF! ¡La guerra no es para nadie, aunque a veces las circunstancias digan lo contrario!”.

Y ahí entendí.

Tanto para Clementina como para Leonora (nuestra propia Mata Hari), la guerra no puede ser sólo un evento contemplativo, sino por el contrario, el momento perfecto para empoderarse, o sea, girl power versión guerra del pacífico todo el rato.

Viéndolo así, pienso que Leonora-Scarlett puede ser todo lo vanidosa, mimada, ambiciosa, egoísta, maquinadora, etc. que quiera. Eran momentos importantes y las mujeres también tenían que aprovecharlos.
No sé si esta sea una gran conclusión, pero yo no lo he visto en ningún libro. Aunque de seguro la vieja que me hacía clases de género en la U me diría “pfff… ¡pero eso muy obvio!”.

Así que por muy patuda que me haya parecido a mí Leonora, creo que a otras chicas de tv les haría muy bien ver “Adiós al séptimo de línea”. Como a Pilar, de “La familia de al lado” (pobre Mane Swett, debe andar toda saltona con Zabaleta psyco).

Entonces, señoras y señoritas, si teníamos a estas mujeres en 1800, imposible tolerar que nos pasan goles como los de la teleserie de TVN! Ya saben: vean “Adiós al séptimo de línea” y edúquense.

1 comentario:

  1. ¿Caprichosa, mimada, ambiciosa, egoísta? Si algún día maduras y te animas a leer el libro (sin el prejuicio latente en tu comentario de que es una lata sólo adecuada para adultos mayores), te llevarás más de alguna sorpresa con el verdadero carácter de la Leonora de Jorge Inostrosa. Alex Bowen te vendió una Leonora a su pinta, Fernanda Urrejola se inventó una Leonora en su cabecita y tú te la compraste enterita.

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