jueves, 1 de octubre de 2009

Estrellitas en el techo

    Ayer recibí una maravillosa noticia relacionada con este crónica. Por supuesto, no diré más del asunto porque es un tema sensible, pero quiero decir que estoy muy feliz de que, luego de tantas dificultades, todo haya salido bien. Que se vienen muchas cosas hermosas para el niño de las estrellitas en el techo de las que espero ser parte.
    En el taller con Moaut pregunté si una crónica podría definirse como un "cuento de no ficción". Él dijo que sí, y luego de escribir esto algunos pensaron que era ficción. Pero estábamos haciendo periodismo, y esto es realidad pura, he ahí su valor.

Estrellitas en el Techo

Por Tania Opazo

    Fueron cuatro intentos. Revisar en internet qué se puede hacer, cuánto habrá que pagar por ello y dónde conseguirlo. Siempre hay alguien conocido que tiene un contacto, y que te las vende enviándote amables advertencias: hay que meterlas bien adentro, tener cuidado, si sangra demasiado partir al hospital, pero no sin antes limpiarte bien; no te vayan a pillar.
    Haces vigilia con tus amigas esperando los resultados. Estás preparada para el dolor, pero te sientes mareada, cansada. Todas fuman asustadas pensando en lo mismo, la famosa heparina, los úteros sangrantes, la mina que se llevaron presa en el sur. Que podrías ser tú, si resulta. Y ojalá que resulte.
    Cuatro veces recordar la misma historia: una mujer infértil que queda embarazada, un milagro, una señal del destino. Te sientes engañada y piensas que si esto es una señal, es una mala señal, porque hace sólo unos meses te fuiste de tu casa arrancando de los variados traumas familiares que te dejó la violencia y el alcohol. Apenas estás comenzando a vivir, cuando una vez te gana el descontrol, te acuestas con ese tipo, que no te gustaba ni tanto.
    Nunca pensaste decirle. Pero es un cabro bueno y se preocupa, quiere saber qué te pasa; averigua entre tus conocidos, revisa tus mensajes. Se siente todo chocho cuando finalmente se entera, y percibes su emoción, que no puedes compartir, mientras caminas en un duelo silencioso a la oficina del doctor.
Entonces lloras desconsolada, acostada en la camilla, con la guata llena de gel, pensando que el plan se te fue a la cresta. Ahí está, moviéndose, su corazón latiendo, y sientes miedo. “¿Le habré hecho algo? ¿Saldrá tonto o sin un brazo?”, te preguntas, fríamente, aceptando que no hay vuelta atrás. Ahora sólo queda lidiar con la culpa, masticarla, digerirla, lentamente, aunque presientes que nunca se irá del todo.
    Las amigas ahora fuman por la ventana, te hace mal el humo del cigarro. Hablan de darle una oportunidad al tipo, que igual te apoya sin saber lo que realmente pasó, y del hijo que te va a sanar las heridas del pasado, que te hará una persona mejor. A oscuras, observas en el techo de tu viejo departamento las estrellitas fluorescentes que otro arrendatario dejó pegadas; un lindo motivo infantil para quedarse dormido, un tierno detalle del azar, porque si esas estrellitas no eran para ti, ¿para quién eran entonces?

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