martes, 1 de septiembre de 2009

Por siempre septiembre

El 18 es uno de los momentos del año en que tiramos la casa por la ventana y celebramos hasta no dar más en nombre de la patria. Para los nostálgicos que no consiguen saciarse de los sonidos y aromas durante los tres días de celebración, existen lugares en Santiago donde pueden celebrar las gloriosas fiestas patrias durante todo el año.

Por Tania Opazo


Ramada sin ramas: La Popular
Ni siquiera los que sucumben a los efectos de la chicha chocan con la Virgen de Lourdes que está instalada al centro del escenario de la Fonda Permanente La Popular. Su presencia evita, según la tradición popular, que entre tanto baile y alcohol a alguien se lo lleve el diablo y empiece una pelea. Es algo que nunca ha pasado.

Desde enero de este año, todos los viernes y sábados, el carrete dieciochero se instaló en el Sindicato de Trabajadores de la Construcción (Serrano 444). Su creador, responsable y cajero es el actor Eduardo López. Fue con sus compañeros de la compañía Planeta Teatro que se atrevió a poner el proyecto en marcha: “Nos dio que queríamos hacer una fiesta. Tenía que tener cueca, y como no somos puristas, también tenía que tener cumbia. ¿Y esto qué era? ¡Una fonda!”, cuenta López acerca del origen de esta idea. La propuesta estuvo en el aire hasta que el sindicato recibió a la fonda en su local.

La idea era darle un espacio a la gente para pasarlo bien, para mantener el espíritu alegre del 18 y recuperar el folclore popular. La Virgen de Lourdes, al medio de la pista de baile cubierta de aserrín, es la testigo de todos quienes agitan su pañuelo ante un pie de cueca y de los que bailan como locos al ritmo de la cumbia.

La reacción del público les ha confirmado que la gente quería un espacio alternativo a los típicos lugares de carrete: “A veces quedan 200 personas afuera y no se quieren ir. Hay que tirarles agua caliente”, bromea Eduardo. El lugar tiene capacidad para 550 personas y los comensales son bastante diversos. Personas de entre 20 y 40 años se pasean por el lugar, fanáticos y curiosos de la cuecas y las cumbias populares, e incluso se han vistos reggeatoneros y pokemones asomándose a este submundo dieciochero, que sólo tiene septiembre en su calendario.

Esta reunión de distintas edades y gustos en la Fonda Permanente, según Eduardo se debe a que hay una identidad popular común que sale a la luz. “Había que devolverle el folclore al pueblo, escuchar la cueca que habla de la gente, no sólo la que dice ‘mira que es linda mi tierra’ y habla del paisaje y los caballos, sino la que habla de nosotros y de lo que somos”, cree López. Por ese afán de unir a las personas es que sólo hay mesones largos en el local. “Ya al segundo terremoto la conversación fluye”, asegura Eduardo.

El menú de La Popular también fue construido en pos de la variedad. Además de la chicha –que tuvieron que ir a buscar fuera de Santiago en plenas vacaciones de verano–, la carta incluye los clásicos arrollados y anticuchos y también otros manjares no tan típicos, como las empanadas vegetarianas.

¿Cuánto durará el jolgorio? Eduardo cree en la teoría que tiene el grupo de cueca Las Niñas: “Ellas creen que está moda, que este boom del folclore, de recuperar lo chileno y lo popular, va a durar lo que dure el Bicentenario. Pero nosotros queremos mantenernos y fomentarlo”, promete. Hasta que a todos se les gasten los zapatos de tanto bailar.

La tradición que no se rinde: Huaso Enrique
Era el año 1952, y desde el comedor del antiguo Huaso Enrique (Maipú 447) se podía ver a su dueño, Enrique Araya, faenando los animales, haciendo el arrollado, las prietas y las longanizas, como si fuera un espectáculo. El local ahora se ubica al frente, en el 462, pero el legado sigue. Hoy lo administra Carmen Araya, hija del Huaso Enrique, quien aún cocina el famoso Plato Huaso creado por su papá: costillar, arrollado, longaniza, prieta, chuleta y agregado, una delicia para dejar satisfecho a cualquiera.

El show ya no es faenar a los animales, pero el espíritu es el mismo: gente reunida en torno a la comida chilena y el folclore. Porque, además, don Enrique era músico y cuando sus amigos lo visitaban tocaban cuecas para el público. Así los recuerda Carmen. Tras la muerte de padre y de sus dos hermanos mayores, ella se ha encargado de mantener en pie el restaurante que su familia creó hace 57 años.

En el escenario –apodado por Carmen como “el Festival de Viña del folclore”–, hay fotos colgadas con la historia de la familia y de los artistas que han ido a tocar. Hay grupos de cueca, como Las Peñascazo, que van al Huaso Enrique a lanzarse a la fama y otros se consagran en el lugar, como La Gallera, que toca todos los jueves en el lugar. Cualquiera sea el caso, el resultado es el mismo: un local repleto –con las mesas llenas y gente de pié–, que con un pañuelo, una servilleta o simplemente la imaginación, se las ingenia para bailar una cueca, sea chora, cuica, tradicional, urbana o del nombre que sea.

El jueves es el día de los jóvenes, pero hay un viejito que no falta y que, según Carmen, incluso llama para avisar si no puede ir. “Tenemos un público fiel, gente de la casa, pero siempre están llegando personas nuevas”, dice. El local se esfuerza por mantener la intimidad característica del Huaso Enrique: un lugar donde hasta el más inexperto se atreve a dejar el pudor de lado y bailar, aunque haga el ridículo. Simplemente porque está en el legendario Huaso Enrique.

El teatro del terremoto: Las Tejas
Dulce, demisec y seca. Ésas eran las variedades de chicha que ofrecía la famosa chichería popular Las Tejas en sus inicios. Hoy, 55 años después, la gente acepta cualquiera con tal de disfrutar del espíritu del lugar: un amplio local ubicado en el antiguo Teatro Roma (San Diego 236), ambientado con los ritmos del folclore chileno, y decorado con hermosos murales que, a pesar de que algunos están descascarados, evocan la tradición y la cultura chilena.

Llena de banderitas colgando de las paredes, Las Tejas tiene el espíritu de una fonda citadina que recibe a un numeroso y variado público: trabajadores del centro a la hora de almuerzo, estudiantes universitarios en las tardes y asiduos a la cueca las noches de los fines de semana.

Además de los eventos de cueca y encuentros folclóricos que hay los viernes en la noche, la música siempre está presente en Las Tejas. Don Egidio Altamirano toca el acordeón hace 25 años en el local. Él es el encargado de ponerle ritmo a los perniles, arrollados y terremotos que ofrece la carta. “Una picada que rescata todo lo chileno, donde se come por poco dinero buena comida nacional”, resumen Cristián Lira, administrador del lugar.

Pero no vayas a organizar un carrete nocturno a Las Tejas porque, como explica Lira, éste es un restaurante de día. Está abierto hasta las doce de la noche de lunes a viernes, hasta las siete los sábados y los domingos está cerrado.

Del antiguo Santiago: Comercio Atlético
El piso de maderas crujientes que hay en el Club Deportivo y Social Comercio Atlético (San Diego 1130) parece cantar el ritmo de las cuecas. Es un sitio casi escondido. Sólo un cartel de cerveza Báltica que cuelga afuera y una pizarra donde se anota todos los días el menú ejecutivo, anuncian su presencia: “Atún con salsa verde, costillar al horno, compota de manzana”, a sólo $1650.

El local ocupa un pequeño espacio de lo que fue una gran casa antigua. Los fines de semana el lugar se llena y tienen que correr las mesas para que la gente baile al ritmo de grupos de cueca como Los Chinganeros y Los Trukeros. Porque el Comercio Atlético, que usualmente funciona como restaurante, se revoluciona los fines de semana porque les ofrece el local a los grupos para que organicen sus eventos.

Una tarima recibe a los músicos para hacer el show y unas pequeñas luces de colores iluminan a la estrella de turno. Originalmente el Comercio Atlético era un lugar que reunía a los comerciantes del sector de San Diego, pero las cosas han ido cambiando con el tiempo. “Aparece mucha gente joven que le gusta el folclore, bailan cueca toda la noche”, cuenta Germán Meza, actual encargado de la concesión del local.

Ya muchos bailes han pasado por el Comercio Atlético, nacido en el año 1932, pero las mesitas, cubiertas con manteles de tela cuadrillé, aún se llenan de empanadas, perniles, terremotos y pipeños, y don Germán asegura que todavía hay cueca para rato.

La cueca cosmopolita: Bar Catedral
Lejos de las picadas tradicionales, en pleno barrio Lastarria, el Bar Catedral (José Miguel de Barra 407) se propuso brindar un espacio para lo popular, y en particular, para la cueca chilena. Actualmente se lleva a cabo el segundo ciclo, que durará hasta octubre, todos los martes a las once de la noche, con shows que duran alrededor de una hora. La selección de grupos incluye a los más reconocidos del circuito de cuecas: La Gallera, Las Niñas, Los Porfiados de la Cueca, Félix Llancafil y 3x7 Veintuna y muchos más.

“Hubo una inquietud, conocimos a gente relacionada con las cuecas y pensamos ‘por qué no rescatar también lo chileno, hacer algo también por el país’”, explica Felipe Farías, quien trabaja en el local. Por eso, entre las copas relucientes que se ven sobre las mesas, han captado no sólo al clásico público cuequero, sino a también a personas que, a pesar de sus gustos diferentes, no se han podido resistir a la curiosidad de lo chileno.

El lugar se llena y, aunque no tienen menú criollo, nunca falta el Terremoto y su buena botella de vino. “Sin vino no hay cuecas”, dice Felipe. Por eso, ni siquiera el Bar Catedral, tan lejano al estilo tradicional chileno con sillones de cuero y mesas sofisticadas, ha podido resistirse al influjo dieciochero.

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