viernes, 10 de julio de 2009

Los pasos de un adiós

El doble chileno de Michael Jackson ha pasado una semana agitada, sin descanso; su ídolo se ha ido para siempre dejándole un gran dolor, pero corroborándole además que, para mantener la magia, él y sus shows deben estar más presentes que nunca.

Por Tania Opazo 


Pedro Sagredo quiere despertar de la pesadilla que comenzó, para él y todos los fans de Michael Jackson, el jueves pasado. Desde el día de la muerte del “rey del pop” no ha parado. Ha faltado a sus clases de Ingeniería Química en la UTEM y a su trabajo en un Call Center. Está cansado, ya que ha trabajado sin parar todos estos días: apariciones en televisión, eventos en discoteques y casinos, todo muy bien pagado, en vista de las circunstancias. Él, sin embargo, preferiría que estas fueran distintas.

Gentil y de voz suave, no aparenta los veintitrés años que tiene, de los cuales dieciséis los ha vivido como apasionado fan, y ya dos actuando como doble del cantante norteamericano. Perfectamente maquillado llega la noche del 7 de julio, día del funeral del cantante, a la Plaza de Armas, donde los fans han organizado una velatón frente a la Catedral. Los canales de televisión lo entrevistan y él actúa como un profesional: defiende a su ídolo, destaca su bondad, habla del sufrimiento de todos los fanáticos.

En su caracterización no quedan huellas del llanto que, con varios amigos, compartió viendo el funeral por televisión durante la tarde; para ellos es algo terrible, como la muerte de un hermano, de un padre, de alguien que ha estado siempre en sus vidas. En el caso de Pedro, desde 1993, cuando tenía siete años, y junto a su vecina recortaban fotos de su ídolo, desde los diarios, para coleccionarlas en cuadernos.

Michael Jackson estaba de moda, era el año en que venía a Chile, recuerda Pedro: “A todos los niños les gustaba, la diferencia es que yo no lo dejé”. Cinco años después, y luego de grabar un concierto en el cable, su gusto por el artista aumentó; se pasaba mirando la tele, bailando frente a ella. Se aprendió las coreografías imaginando la emoción de subirse a un escenario, de sentir el aplauso de la gente: “eso lo encontraba genial”, dice.

Por eso, cuando el 2007 conoce a Miguel Concha, quien trabajaba como doble del cantante, lo primero que sintió fue un poco envidia: “Es que nunca me imaginé que podía llegar a ser yo”, agrega como excusa. Pero una noche, celebrando un cumpleaños de Jackson en la casa de Miguel, deciden ponerse a bailar: Pedro escoge ‘Smooth Criminal’ y pone en práctica sus horas frente al televisor con sus amigos, los que quedan impresionados. Lo graban, suben el video a YouTube, y le dicen que tiene que dedicarse a bailar, que “tiene pasta”. Además, agregan, Pedro se parece a Michael, dato no menor.

Un día Miguel tiene un evento al que no puede asistir. Luego de haber visto fotos de Pedro maquillado, y tras el episodio del baile en su casa, está seguro de que él puede reemplazarlo. Le dice que lo van a llamar, que le va a prestar una chaqueta, que se maquille y vaya, sin mucha negociación de por medio. Pedro no está seguro, pero ese día termina bailando frente a un grupo de niños en un cumpleaños. Así empezó todo.

Se sube al escenario sin nervios y baila con la naturalidad con que una persona camina por la calle, con la seguridad y relajo de movimientos aprendidos en el tiempo y que siente profundamente suyos. Se divierte y se da cuenta de que los niños también: “No tenía mucha confianza en mí, pero si les gustó era porque lo había hecho bien”, reflexiona. Desde ese momento comienza a revisar los videos diariamente y a pulir toda su rutina, que le solicitan hacer, en promedio, unas dos veces al mes.

Repite en cada ocasión una rutina llena de perfeccionismo, que le toma una hora: maquillaje con base y polvos compactos que aclaran su piel, sombra para remarcar su nariz, las mejillas y la quijada, delineador y rímel en los ojos, y un poco de base adicional en los labios, también pintados, para adelgazarlos. Además, se pinta sus cejas y se las saca cada cierto tiempo para darles forma: “ahora están todas desparramadas”, se queja.

Junto con esto, ha ido conformando su vestuario, que incluye unas polainas brillantes tejidas por su mamá. La idea, explica, es sentirse como Michael, y él lo siente; pone las mismas caras y poses de los videos: “hay que meterse en el personaje, si no, no resulta”. Y a Pedro le ha resultado muy bien: va los eventos, se saca fotos con la gente, los fans lo llaman por teléfono, e incluso entre ellos, conoció a la que hoy es su polola.

Cuando Miguel Concha decide viajar a Francia, Pedro comienza a recibir el trabajo de él: “toooodo lo que dejó”, dice evidenciando la gran cantidad de actividades que este trabajo le ha traído. Sólo baila como Michael Jackson, ningún otro ritmo, pero a su polola no le importa; aunque tiene que bailar en las fiestas con otros amigos, igual dice sentirse “chocha”. Su familia además, está orgullosa con los shows de Pedro, que para él, más que un trabajo, son un ritual en el que se conecta con su ídolo y que lo hacen sentir profundamente feliz.
 
Los pasos más tristes

El 25 de junio Pedro estaba trabajando en el Call Center. Era un día normal, y cuando se toma un descanso, abre su página de Facebook; lee una actualización: “confirman muerte de Michael Jackson”. No lo cree y piensa con desesperación: “¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Llamo por teléfono? ¿Me meto a otra página a revisar?”.

Simplemente no lo sabe. Lo llaman a su celular para preguntarle si es cierto, pero ¿cómo puede saberlo él? Es un fan más entre millones, angustiado, desesperado por saber la verdad, esperanzado de que este sea un montaje más de la prensa.


Se mete al foro oficial y está caído, colapsado, lo mismo con otras páginas. Lo llama también su polola para preguntarle, pero le corta de inmediato, porque él no sabe, él tampoco sabe. Sube al casino del edificio, intenta revisar otras páginas, y una amiga le dice que ha escuchado la noticia por la radio. Son como las cinco de la tarde y sólo cuando comienzan a llamarle los canales para preguntarle su opinión, Pedro empieza a aceptar la idea. Habla con su mamá: “parece que es verdad”, le dice. Ella se pone llorar, como si una parte de su hijo hubiera muerto también.

De seguro, está muy herido. Luego de enterarse de que Michael Jackson volvería a los escenarios, él hizo planes; justo había terminado de pagar unos créditos y aprovecharía esto para sacar un préstamo y costear sus nuevos trajes. Para él, los shows tenían gran simbolismo: “eran como su reivindicación; la producción que tenían era increíble, nunca vista, y lo peor es que nunca se va a ver”. Pedro admite, con tristeza, que ya no habrá más pasos nuevos para aprender.

A pesar de esto, él quiere seguir bailando, porque esta es su forma de mantener el espíritu de su ídolo vivo. Un ídolo que, para él, era por sobre todo bondad: “Michael era bien niño, si llegaba a ser tonto de repente, era demasiado inocente, y por eso lo pasaban a llevar tanto”, lo defiende. Pedro no entiende que incluso ahora, cuando el mundo despide al músico, sigan diciendo “tonteras”, porque Michael no se daba con la prensa, y sólo les quedó inventar cosas sobre él.

A veces, cuando Pedro anda en micro, se le llenan los ojos de lágrimas imaginando estar con Michael, diciéndole lo mucho que lo quiere, todo lo que significa para él; hoy, sus ojos también están llenos de lágrimas, pero sabe que ese deseo no se cumplirá. Esa frustración es también la de muchos fans, y es por eso que debe continuar con su trabajo, y tratar de hacerlo lo mejor posible. Muchos, al final de sus shows, se le acercan, y le agradecen haberles hecho sentir la magia. La magia de un sueño que, incluso en esta pesadilla, sigue manteniendo el ritmo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario